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¿Cuándo aprendimos a ocultar lo que sentimos?

Por Claudia Rondini
23 de julio de 2026
¿Cuándo aprendimos a ocultar lo que sentimos?

Muchas veces ante la pregunta “¿cómo estás?”, respondemos “todo bien” casi sin pensarlo.

No siempre porque queramos ocultar lo que sentimos, sino porque, en algún momento de nuestra historia, aprendimos que era más seguro hacerlo.

Quizás crecimos sintiendo que ciertas emociones incomodaban, que mostrar vulnerabilidad era una señal de debilidad o que teníamos que poder con todo. Muchas personas crecieron con mensajes como:

• “No exageres”

• “Sé fuerte”

• “No hagas problema”

• “No llores por eso”

Con el tiempo, esas experiencias pueden transformarse en una manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás, y sin darnos cuenta, comenzamos a mostrar solo ciertas partes de nosotros.

Aparentar que “estamos bien” puede cumplir una función:

✔️ Evitar preocupar a otros.

✔️ Sentir que mantenemos el control.

✔️ Protegernos del juicio o del rechazo.

✔️ Evitar conectar con emociones difíciles.

El problema no es protegernos. Todos lo hacemos de distintas formas.

El problema aparece cuando sostener esa imagen comienza a alejarnos de nosotros mismos.

La pregunta entonces es qué pasa cuando esa protección se vuelve la única manera de estar con otros. Cuando ya no encontramos espacios donde podamos simplemente decir “hoy no estoy bien” sin sentir culpa, vergüenza o miedo al juicio.

No necesitamos contarle todo a todo el mundo. Pero sí es valioso preguntarnos si existe al menos un lugar donde podamos mostrarnos con mayor autenticidad.

Pedir apoyo, mostrar vulnerabilidad o decir “hoy no estoy bien”, no nos hace más débiles ni menos valiosos. Muchas veces, abre la posibilidad de relaciones más genuinas y de mayor bienestar.

Porque el bienestar no siempre consiste en sentirse bien todo el tiempo. A veces comienza cuando dejamos de exigirnos parecer que sí lo estamos.

El cambio no comienza cuando “por fin estamos bien”. Comienza cuando nos damos permiso para reconocer que no siempre lo estamos.

Prueba un día cualquiera y contabiliza cuántas veces te descubres diciendo “estoy bien”, cuando en realidad no es así.