¿Cuántas veces has cambiado una opinión, evitado decir algo o permanecido en silencio por miedo a lo que los otros pudieran pensar?
De seguro muchas veces te descubres pensando:
“¿Habré dicho algo incorrecto?”
“¿Le habré caído mal?”
“¿Qué estarán pensando de mí?”
Y aunque intentas no darle importancia, sigues repasando en tu cabeza conversaciones, gestos, mensajes o silencios.
Muchas veces interpretamos esto como inseguridad. Pero no siempre se trata de eso.
La necesidad de aprobación suele interpretarse como un problema individual, cuando en realidad tiene relación con algo profundamente humano: necesitamos sentirnos aceptados, reconocidos y parte de los vínculos que nos importan. Los seres humanos necesitamos pertenecer.
El problema aparece cuando la opinión de los demás se transforma en la principal referencia para evaluar nuestro propio valor.
En esos casos, una crítica puede sentirse devastadora, una diferencia de opinión puede vivirse como rechazo y la desaprobación puede generar mucho más malestar del que parece.
A veces esa sensibilidad tiene historia.
Quizás, creciste sintiendo que debías cumplir ciertas expectativas para sentirte valorado.
O aprendiste que equivocarte podía tener consecuencias importantes en tus relaciones.
Entonces, con el tiempo, la opinión de los demás deja de ser sólo una opinión.
Y empieza a sentirse como una medida muy significativa de tu valor personal.
Comprender de dónde viene esta necesidad de aprobación suele ser más transformador que intentar negarla.
Porque no se trata de dejar de necesitar a los otros. Se trata de que tu valor personal no dependa exclusivamente de ellos.
Más que preguntarnos cómo dejar de preocuparnos por lo que piensan los demás, quizás una pregunta interesante sería:
¿De qué manera aprendí a relacionar mi valor personal con la mirada de otros?