
Hay cosas que sabes que te hacen mal y, aun así, las sigues haciendo.
Sigues diciendo que sí cuando querías decir que no.
Sigues postergando conversaciones importantes, difíciles o incómodas.
Sigues exigiéndote incluso cuando estás agotado/a.
Sigues intentando que ciertas relaciones funcionen de la misma manera, aunque una y otra vez termines sintiéndote igual.
Y puedes concluir: “¿Qué me pasa?” “¿Por qué hago esto si sé que me hace mal?” “¿Por qué no puedo simplemente cambiarlo?”
Pero quizás la pregunta puede ser otra: “¿Qué hace que este patrón siga teniendo sentido para mí?”
Nuestros patrones no aparecen de la nada. Se fueron construyendo a lo largo de nuestra historia y tienen sentido en relación con nuestras experiencias, nuestros vínculos y las formas que aprendimos para desenvolvernos en el mundo. Y aunque hoy puedan hacernos sufrir, en algún momento tuvieron sentido.
Por ejemplo: quizás aprendiste que para mantener un vínculo tenías que adaptarte a los demás. Y hoy te cuesta poner límites. No porque “no sepas” hacerlo, sino porque poner límites entra en conflicto con una forma de relacionarte que aprendiste y que durante mucho tiempo te protegió.
Por eso, en terapia no se trata de decirte qué deberías hacer. Se trata de detenernos a comprender cómo llegaste hasta aquí, qué estás intentando cuidar o conseguir con estas formas de relacionarte y qué otras posibilidades podrían comenzar a aparecer.
Comprender un patrón no significa justificarlo ni resignarse a él. Significa poder mirarlo con mayor claridad para comenzar a construir otros mundos posibles.
Porque a veces, para cambiar algo, primero necesitamos entender qué sentido ha tenido para nosotros.