
Muchas personas llegan a terapia con miedo de recibir un diagnóstico. No solo por lo que significa clínicamente, sino por todo lo que creen que ese nombre dice sobre quiénes son. Y ahí aparece el estigma.
“¿Y si realmente soy así?”
Es una frase que muchas personas se dicen después de recibir un diagnóstico en salud mental.
A veces, ponerle un nombre a lo que estamos viviendo trae cierto alivio, porque nos ayuda a entender que lo que sentimos tiene una explicación y que existen formas de abordarlo. Pero otras veces ese nombre comienza, poco a poco, a transformarse en una identidad. Empezamos a mirarnos a través de esa etiqueta y olvidamos que somos mucho más que un conjunto de síntomas.
Un diagnóstico es una herramienta clínica, y puede ayudar a:
• Orientar el proceso terapéutico.
• Facilitar el acceso a apoyos.
• Organizar la comprensión de ciertos síntomas.
• Favorecer un lenguaje común entre profesionales.
Pero no es una definición de la persona.
El problema aparece cuando el diagnóstico deja de ser una descripción y pasa a convertirse en una identidad.
No es lo mismo decir “tengo un trastorno de ansiedad”, que pensar “soy una persona ansiosa y nunca voy a cambiar”. Las palabras también construyen la forma en que nos comprendemos.
El estigma puede generar consecuencias importantes:
• Vergüenza.
• Autoexigencia o desesperanza.
• Temor a pedir ayuda.
• Discriminación.
• Reducción de la persona a una sola característica.
Y eso puede ser más doloroso que el propio diagnóstico.
Nombrar y describir una experiencia puede aliviar. Quedar atrapado en esa etiqueta puede limitar. Por eso es importante preguntarnos ¿cómo estoy usando este diagnóstico?: ¿como una explicación que abre posibilidades? ¿o como una sentencia que las cierra?
Como psicóloga clínica, creo que un diagnóstico puede ser una herramienta valiosa cuando orienta la comprensión y el proceso terapéutico. Sin embargo, también creo que es importante recordar que ninguna categoría diagnóstica puede explicar la complejidad de una persona.
Desde una mirada sistémica y constructivista, las personas no pueden entenderse fuera de su contexto. Nuestra historia de vida, los vínculos que hemos construido, las experiencias que nos han marcado, nuestros recursos personales y la cultura también forman parte de quienes estamos siendo. Y un diagnóstico no alcanza a contar toda esa historia.
Las personas somos mucho más que nuestros síntomas. Por eso, en terapia, además de comprender los síntomas, intento comprender a la persona que hay detrás de ellos. Porque un diagnóstico puede describir una parte de la experiencia, pero nunca la totalidad de una vida.